Dios había terminado el paraíso, llenos de creaciones maravillosas para que el ser humano pueda habitar y ser feliz en este lugar. Entonces decidió bajar al sitio hermoso que había creado con su amor todopoderoso y se sintió muy alegre pero algo faltaba. Todo era muy bonito, deslumbrante, agradable sin embargo el no estaba satisfecho. Entonces decidió crear algo que pudiera encantarlo, que tuviera en sí misma la capacidad de estremecer todos los sentidos.
Y así creo a la flor, que con su belleza lleno de un manto de armonía sobre todo este lugar. La flor tenía el don de llegar a cada uno de los sentidos y encantarlos con su dulzura, podía maravillar los ojos con sus colores que recordaban el amor de su creador, penetrar en el alma de quien aspire su aroma de paz, elevar los corazones de quienes toquen uno solo de sus delicados pétalos e incluso es capaz de brindar consuelo y serenidad a quienes puedan escuchar atentos el sonido del viento que rosa sus hojas o la maravillosa melodía del roció caer sobre sus pétalos. Dios sentía que había creado algo extraordinariamente hermoso, en el que se resumía lo mejor de su creación y pensó en los que disfrutarían de esta hermosura y se lleno de felicidad por ellos.
Y decidió darle un nombre especial: Amiga, Hermana, Madre, Mujer... Tú eres una de esas flores, de las más importantes, que engalanan el Jardín de mi vida. Gracias por tu amistad.
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