miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA IGLESIA EN LA QUE SOÑAMOS...Y EN LA QUE AUN SUEÑO

LA IGLESIA EN LA QUE SOÑAMOS

Quisiera empezar esta reflexión con el testimonio de un religioso que vivió su consagración de forma muy especial y que me ha impactado mucho. Se trata de un hermanito del Evangelio, de la congregación que fundó Carlos de Foucauld, llamado hermano Pablo. Este religioso sintió la llamada del Señor a dejarlo todo en una situación particular. Primero porque era un profesional en el campo de la Ingeniería con un excelente puesto y segundo porque ya no era un joven, tenía su vida ya realizada. Sin embargo, Dios lo llamo a un estilo de vida tan distinto al que vivía y él no dudo en responder generosamente, dejando trabajo, familia, ambiciones, todo. El Hno. Carlos Carreto, también de esta congregación, nos cuenta en uno de los capítulos de Las Cartas del Desierto la hermosa historia de este hermano.
Recorría a camello la pista entre Geriville y El Abiod, y me dirigía hacia una zona desértica para pasar algunos días de soledad. En cierto punto de la pista tropecé con un grupo de trabajadores. Unos cincuenta indígenas, dirigidos por un suboficial de ingenieros, trabajaban en arreglar la carretera destruida por las lluvias invernales. Bajo el sol sahariano, no había máquinas ni técnica: sólo el trabajo del hombre en medio del calor y del polvo, manejando durante toda la jornada la pala y el pico. Remonto la fila de los obreros manuales diseminados por la pista, respondo a su saludo, ofrezco mi «gherba» de 30 litros de agua a su sed. De pronto, entre las bocas que se acercan al cuello de la «gherba» para beber, veo dibujarse una sonrisa que no olvidaré jamás. Pobre, desgarrado, sudoroso, sucio: es el hermano Pablo, un pequeño hermano que ha escogido aquel trabajo para vivir su calvario y mezclarse en aquella masa como levadura evangélica. Nadie habría descubierto al europeo bajo aquellos vestidos, aquella barba y aquel turbante amarillo por el polvo y el sol. 
Conocía muy bien al hermano Pablo, porque habíamos hecho el noviciado juntos. Ingeniero parisino trabajaba en una de aquellas comisiones destinadas a preparar la bomba atómica de Reganne, cuando sintió la llamada del Señor. Lo dejó todo y se hizo pequeño hermano. Ahora estaba allí; y nadie sabía que era un ingeniero: era un pobre como los demás. Recuerdo a su madre cuando vino al noviciado con ocasión de los votos. -Ayúdeme hermano Carlos, a comprender la vocación de mi hijo. Yo le he hecho ingeniero, vosotros le habéis hecho obrero manual. Pero ¿por qué? ¡Si al menos os sirvierais de mi hijo para lo que vale! No: tiene que ser un obrero manual. Decidme, ¿no sería más honroso, más eficaz para la Iglesia hacerle trabajar como intelectual? -Señora -respondí-, hay cosas que no se pueden comprender con la inteligencia y el sentido común. Sólo la fe nos puede iluminar. ¿Por qué Jesús quiere ser pobre? ¿Por qué quiso ocultar su divinidad y su poder y vivir entre nosotros como el último? ¿Por qué, señora, la derrota de la cruz, el escándalo del Calvario, la ignominia de la muerte para El que era la Vida? No, señora; la Iglesia no tiene necesidad de un ingeniero más, en cambio tiene necesidad de un grano de trigo más que hacer morir en sus surcos. Y cuanto más lleno de vida esté este grano y sepa más a cielo y sol, más grato será a la tierra que debe acogerlo para la futura mies-.
¡Cuántas cosas hay que no se pueden comprender en esta tierra! ¿No es un misterio todo lo que nos rodea? Que Pablo se sacrifique a sí mismo, su cultura y sus posibilidades por amor a Dios y a sus hermanos más abandonados, yo lo comprendo, pero comprendo también las reacciones de su madre y no sólo de su madre. Cuántos dirán: « ¡Qué lástima que una inteligencia tan hermosa vaya a parar en el surco de una pista sahariana. Habría podido construir una rotativa para difundir la buena prensa. . . » Y tendrán razón. Es difícil captar el punto exacto en el misterio del hombre, que es una parte del gran misterio de Dios. Hay quien piensa en una Iglesia poderosa, rica de medios y de posibilidades, y hay quien la quiere pobre y débil; hay quien da vida, cultura y estudio para enriquecer de ideas la filosofía cristiana y hay quien renuncia aun a estudiar por amor a Dios y al prójimo. ¡Misterio de fe! A Pablo no le interesaba «tener influencia» sobre los hombres; le bastaba «pagar», «desparecer». Otros buscarán otros caminos y realizarán su santidad de modo diferente.
Pero hay una verdad, a la que hay que aferrarse siempre, desesperadamente siempre: ¡el amor! Es el amor el que justifica nuestras acciones; es el amor la perfección de la ley. Si el hermano Pablo escogió morir en una pista del desierto por amor, es justificado por éste. Si Dom Bosco y el Cottolengo construyeron escuelas y hospitales por amor, por éste son Justificados. Si santo Tomás pasó su vida sobre los libros por amor, por éste es justificado.
Sólo queda el problema de establecer la jerarquía de estos amores; y aquí es Jesús mismo quién nos enseña de modo infalible: «Quien de vosotros quiera ser el primero, que sea el último y como el que sirve» (Lc 22,6). Y en otra ocasión añade: «Nadie ama más a su amigo que quién da la vida por él» (Jn 15,13)
  
Estoy convencido que esta es la mejor idea de vivir como Iglesia, eligiendo servir por amor a Dios. También, desde mi experiencia, pienso que es fundamental vivirla desde el equilibrio, cuidándose de los extremos que son peligrosos, centrando la vida en Jesús de Nazaret a quién seguimos y en él que hayamos nuestra dicha perfecta. Aquí se recogen los elementos necesarios para construir la Iglesia que soñamos.

En primer lugar, estoy seguro que en la base de nuestra nueva Iglesia tiene que estar presente una concepción de Iglesia más integral, indivisible y edificada en el amor de Jesús. Con esta idea quiero resaltar la necesidad de sentirnos parte de una misma comunidad y no como actualmente vivimos separados en grupos diferenciados por muchos aspectos. Nuevamente lo repito la Iglesia tiene que ser una sola y no una lucha constante de personas que quieren imponerse a las otras y defienden su poder. Deberá eliminarse aquella noción de dos Iglesias, la una conformada por el pueblo de Dios y la otra por la jerarquía, ya que esto nos hace más daño de lo que parece.

Por ello, la organización de nuestra Iglesia deberá cambiar por otra que permita y asegure relaciones de horizontalidad ente todos sus miembros. Con esto no se quiere eliminar de ninguna forma el elemento directivo o administrativo de la Iglesia ni mucho menos, sino que se busca vivirlo de una forma más participativa. Esta idea es válida en todos los niveles de la organización de la Iglesia desde la vida de las parroquias hasta las instancias que abarcan toda la Iglesia. Se trata de elegir personas adecuadas que representen las distintas formas de vivir su ser cristiano dentro de la Iglesia para que juntos administren y orienten los caminos de la comunidad eclesial. 

 Una parroquia que sea dirigida por un grupo de cristianos comprometidos formado por un seglar, una religiosa y un sacerdote o sacerdotisa y que juntos acompañen a sus hermanos en la fe. Incluso el o la presbítero puede no ser parte fundamental de este consejo administrativo para dedicarse enteramente a su labor evangelizadora. De la misma forma podría darse al nivel de las diócesis prescindiendo de la figura de un obispo en cuanto que un consejo de dirigentes de las parroquias asumiría la administración de la diócesis. Y respecto a la dirección de la Iglesia en general bien podría funcionar de la misma forma abriéndonos a la posibilidad de que un laico o una seglar dirijan los rumbos de la Iglesia junto a un grupo de personas que lo acompañen en la administración.

Sera necesario la colaboración de todos los miembros de la Iglesia compartiendo en sus parroquias generosamente lo que tienen para ayudar a los que de entre ellos tengan mayor necesidad. Los sacerdotes o sacerdotisas decidan o no casarse bien podrían complementar su labor pastoral con un empleo que les proporcione recursos para vivir como todos sus hermanos en la parroquia. Importante también resultara una adecuada formación a estas personas que se perfilen para llevar las riendas tanto de las parroquias como de la Iglesia en General.
Considero que este sueño puede resultar un tanto descabellado tomando en cuenta la situación actual de nuestra Iglesia sin embargo sé que no es imposible ver realizado este anhelo ya que en cierta manera es lo que ya se vive en algunas comunidades religiosas de la actualidad. Desde mi experiencia esta vida puede servir de ejemplo para orientar a la Iglesia por un camino más evangélico en su proceso de seguimiento de las enseñanzas de Jesús. Aquí se viven relaciones de horizontalidad y existe participación en la dirección de las comunidades. Todo se comparte, desde lo material hasta lo espiritual y se trabaja de forma fraterna por un mismo proyecto evangelizador. Y de todo lo valioso de esta vida lo fundamental lo encontramos en la vivencia de los consejos evangélicos que dinamizan la consagración a Dios y a los demás. Seguro que estos son aspectos que también se pueden vivir en la vida de todo cristiano y así hacer de la Iglesia la anticipación del Reino de Dios.

Me parece muy acertado concebir al consejo evangélico de pobreza y a los de castidad y obediencia como elementos esenciales del único mandamiento que los integra y abarca, es decir del mandamiento del amor. De esta manera se entiende la vivencia de estos consejos como el compromiso de entregar la vida a Dios, dedicarla totalmente, aceptando libremente vivir la pobreza, la castidad y la obediencia como concreción de respuesta al llamado de Dios a consagrar la vida entera. Sin embargo el más importante que se deberá vivir es el consejo de la pobreza, de la humildad, del servicio y todo ellos experimentado desde la alegría.

Decir que se puede experimentar alegría en la pobreza suena ilógico pero siento que es la perspectiva más indicada y sana de vivir este consejo. Sobre todo si lo vemos desde el punto de vista que al llevar un estilo de vida sencillo, descomplicado y especialmente humilde uno experimenta una de las más grandes alegrías. Me refiero a la misma alegría que suscito Jesús en los pobres a los que dirigió sus bienaventuranzas. Y no sólo hay dicha en los pobres que carecen de bienes sino especialmente en los pobres de espíritu, es decir los que eligen ser pobres, los que quieren serlo porque encuentran gozo en ello. Podemos recordar la inmensa alegría que inundaba a San Francisco de Asís cuando se despojo de todo para seguir a Jesús desposándose con la Dama Pobreza. Contrariamente encontramos a un joven rico en el Evangelio que experimenta tristeza porque no es capaz de vivir pobremente. ¡Qué mayor alegría puede encontrar un ser humano que saberse amado y sostenido únicamente por Dios!

Realmente conservaríamos la misma alegría y gozo que sintió Jesús, porque él también vivió la pobreza, es más el es nuestro ejemplo y una de las motivaciones para que nosotros elijamos vivir este consejo dentro de la vida eclesial. Entonces hablar de pobreza es hablar de seguimiento a Jesús pobre. Se trata de esforzarse por tener los mismos sentimientos, actitudes, acciones eficaces que tubo Jesús ante la realidad que vivía. Podemos decir que esto es pobreza evangélica, ya que queremos vivir lo que vive, aconseja y exige el maestro de Nazaret a sus seguidores en el Evangelio. 

El seguimiento de Jesús deberá constituirse en lo esencial de la vida de la Iglesia, de otra forma no tendría sentido. Él es nuestro punto de referencia y nuestra fuente vital, y junto a la mirada necesaria de la realidad lograremos ser respuesta significativa para este mundo. Él nos ha llamado a seguirle y nos muestra el camino, se hace presente como lámpara que nos ilumina y orienta para que no caminemos a ciegas, para que no salgamos del sendero y cometamos errores de los que nos arrepentiremos.
Al fin nuestro seguimiento a Jesús tiene que ser radical, sabiendo que junto a él nos realizamos y alcanzamos la felicidad que él nos tiene destinada. Así seremos verdadero profetas, que con el testimonio de nuestra vida, más que con nuestros discursos, demostramos al verdadero Dios que nos salva y mostramos a los hombres que un mundo mejor es posible. Así nuestra misión tendrá bases solidas y tendrá sentido de ser, siendo significativa para los que nos necesitan.

ECLESIOLOGÍA

TRABAJO 
FINAL

Miércoles 19/05/2010
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[ 1 ]. Carreto, Carlos, Cartas del Desierto, Ediciones Paulinas, Madrid, 1974, pp. 148-152.